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Se fue el Lucho, personaje patrimonial de la Ciudad

Desde su adolescencia, hace setenta años y más, Luis Caldas no hizo otra cosa que lustrar zapatos al pie de su sillón rojo en un portal de la calle Luis Cordero, frente al parque central de Cuenca. Su puesto vacío ahora lo ocupa otro Luis, el hijo

El hombre fue parte del entorno patrimonial del parque Abdón Calderón desde 1946, cuando los pinos araucarias y la Catedral Nueva no habían acabado de crecer. En julio pasado sintió una gran fatiga y se esforzó por trabajar hasta el fin de mes, guardó los betunes, los trapos y cepillos y se fue, dudando si volvería más a partir de ese día lunes. Poco faltaba para el 11 de agosto, cuando cumpliría 86 años, y hace ya algún tiempo se había convencido de que estaba viejo.

El Lucho del Parque –así, familiarmente, le llamaban todos-, era un referente en el centro histórico. Infaltable, sin domingos ni feriados, todos los días, con sol o lluvia, fue parte del escenario urbano como la pileta ornamental, como los árboles y jardines, como los jubilados parlanchines, como los portales y las casas patrimoniales. Si por enfermedad o calamidad su puesto estaba vacío, hacía falta, y se preguntaba la gente, qué le pasaría al Lucho. Pero él volvía, siempre volvía, y pronto.


Ganó su vida día a día, centavo a centavo, sin depender de nadie, con honradez, sin seguro social ni sobresueldos. Como el tiempo imprime marcas en los árboles, le surcaron arrugas por la frente y las mejillas, y parecía encubrirlas restregando con vigor el paño rejuvenecedor sobre el calzado. Personaje ejemplar, todo un personaje, más admirable que aquellos cuya notoriedad y reconocimientos despiertan comentarios y dudas. Un Ministro de Trabajo o un Alcalde se habrían honrado imponiéndole una presea honorífica.


No sólo los hombres ilustres tienen su historia. También la tienen los hombres sencillos que sin causar daño a nadie se ganan con esfuerzo la vida, como este Lucho de alma blanca, en contraste con las manos y el rostro tiznados de negralagua. Su ausencia sienten quienes ven a otro betunero –el hijo que heredó el oficio- bajo el arco donde transcurrió la vida de su padre, en la calle Luis Cordero.


Nació en el barrio San Blas en 1931, pero fue huérfano antes de nacer, pues Luis Antonio, el progenitor, había fallecido tres meses antes. Dora Filomena Culcay, la viuda, cargó el peso de su vida y la de él, hasta que terminara la primaria suficiente para siempre. Hace poco su escuela Luis Cordero cumplió cien años y el lustrabotas, ya anciano, miró pasar por el parque el desfile de promociones al que no fue para no perder los centavos diarios del sustento. Acaso los ex compañeros le pusieron falta al correrle lista.


Al concluir la primaria decidió ganarse la vida por sí mismo y supo que buscaban un guardián en la planta de agua de Cullca. Corrió a gestionar el puesto y lo consiguió, pero apenas duró tres meses, por el terror de bajar la escalera, cada mañana y tarde, para abrir o cerrar las válvulas de monitorear el servicio. Tiempo atrás había aparecido, flotando ahogado, quien antes de él cumplía esta rutina.


Entonces decidió hacerse lustrabotas y salió por el parque con sus franelas, betunes y escobillas, haciendo brillar el calzado de la gente por cuarenta centavos de sucre. Como no le fuera mal, se arriesgó a comprar a Luis Castro, un betunero viejo que ya no podía trabajar más, el sillón que lo utilizaría hasta la última jornada y ahora es de su hijo, también Luis, también lustrabotas.


En el parque Calderón, Luis Caldas vivió más tiempo que en su casa. En el corazón de la ciudad miró por setenta y un años el creciente ajetreo de Cuenca, sus días de júbilo, las marchas de protesta, los gases lacrimógenos, los desfiles cívicos, las movilizaciones políticas, las procesiones religiosas o los cortejos funerarios de muertos ilustres desde el Salón de la Ciudad o desde las catedrales al cementerio.

 
 Los gajes del oficio: el lustrabotas carga los bártulos del trabajo para encargarlos hasta el otro día, en el sótano de la Gobernación.

Una experiencia en sus primeros días de betuneo era el avión de la empresa Andesa caído cerca al estadio: él, corriendo como todo el mundo, fue a la avenida Solano y vio entre los árboles el aparato y los cuerpos de los pasajeros ardiendo en llamas, imágenes que jamás desaparecerían de su mente. También vio haciéndose humo miles de cajetillas de cigarrillos Full que venían en cargamento.


Con trabajo seguro, pronto Luis Caldas se sintió maduro y conoció y amó a María Tránsito Narváez Hurtado, con quien acabaría en nupcias. Al hablar de ella –que murió después de darle cuatro hijos-evoca la anécdota de sus inicios matrimoniales: un día los militares le arrastraron desde su curul de lustrabotas al camión que le llevaría al cuartel Cayambe para el Servicio Militar Obligatorio. Pero a pocas semanas, un oficial ordenó dar un paso adelante a los conscriptos casados. Entonces él, con tres meses de matrimonio, después de cuadrarse con los rigores castrenses de ley, fue exonerado y volvió a su puntual oficio del parque, como auténtico buen servidor público.


Pasaron los tiempos y continuó la vida: al padre viudo le costó esfuerzo encarar la tarea familiar, pero supo defenderse. Y vino una segunda esposa a continuar la historia, con otros cuatro hijos que multiplicaron la familia. Ella, Blanca Libia Crespo, ahora es la señora viuda de Caldas.


Al comenzar agosto el Lucho no estaba para dar brillo al calzado de sus clientes y fue al médico que inicialmente le detectó un resfrío que requería descanso. Pero cada día se puso peor y lo llevaron al hospital público Vicente Corral Moscoso: tenía complicaciones respiratorias y renales de graves pronósticos. El 11 de agosto, día del 86 cumpleaños, no podían ocultar la tristeza los familiares.

Luis hijo, heredero del sitio público del trabajo diario.

El último de los hijos, Luis Caldas Crespo, de 35 años, se apresuró a ocupar el espacio bajo el arco del portal, para no perder los clientes ni el derecho a continuar allí, como lo hacía si una calamidad le ausentaba al padre. Ahora estaba más urgido, pues cada vez parecían desvanecerse las esperanzas de que ese hombre adolorido volviera a tomar en sus manos las tintas, los cepillos, los trapos y las bacerolas.

El 8 de septiembre, un aviso mortuorio invitaba para el otro día al sepelio de Luis Caldas Culcay. Junto a la foto con el rostro risueño, se destacaba una frase sincera y muy sentida: “Papá, estás aquí muy dentro de todos, en el corazón de tu familia, de cada uno de tus hijos, de tus nietos, de tus amigos…! No te has ido, vives y lates en nuestras almas. Con tu recuerdo y legado sigues existiendo en las generaciones que tu forjaste”.


Cuando los clientes van a lustrar su calzado en el puesto del Lucho del Parque, evocan al personaje patrimonial que, poco a poco, se va confundiendo con el nuevo Luis, heredero de su vida, de su puesto y de su oficio. Y también de su sobrenombre.

 

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