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Un cuencano que brilló por su pulcritud en la Contraloría

Al retornar la democracia en 1979 la entidad identificó su misión bajo parámetros éticos y profesionales, que los fue mejorando y modernizando, pero sufrieron un gran revés al fin de una década de gestión de un titular hoy bajo sospecha 
 
   El cuencano Hugo Ordóñez Espinosa, camino a los 94 años, tiene una larga e intensa trayectoria en la docencia, la cultura, la Jurisprudencia y el periodismo. Cuando estudiante de Derecho en la Universidad de Cuenca fue Presidente Nacional de la Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador (FEUE). Luego presidió la Federación Nacional de Abogados. Desempeñó varias cátedras en las facultades de Derecho, Filosofía y Arquitectura de la Universidad de Cuenca. Es uno de los fundadores, en los años 50 del siglo anterior, del Semanario La Escoba y también de la Unión de Periodistas del Azuay (UPA). Mantuvo por años una columna de opinión en diario El Universo. Fue Subsecretario del Ministerio de Educación y de 1979 a 1984 Contralor General del Estado. Además, Vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales y Ministro Juez de la Corte Suprema de Justicia. En 1998 fue consultor de la Asamblea Constituyente. Tiene publicados varios libros sobre temas de Derecho y el aula magna de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca lleva su nombre.
 
   Su paso por la Contraloría marcó una de las etapas de mayor productividad y satisfacción personal en la gestión pública –así declaró para AVANCE en 1984-. Ahora, nonagenario, vive con la modestia y la dignidad de quien no hizo de las altas responsabilidades públicas usufructo de intereses personales. La vejez y quebrantos de salud marcan su lucha por la vida y la Asamblea Nacional – presidida por un coterráneo de Hugo Ordóñez- a contrapelo de lo que hoy sienta en el banquillo a un Contralor bajo sospecha, debería honrarlo por su ejemplar conducta ciudadana y quizá asignarle una pensión vitalicia que mejore las condiciones postreras de su existencia 
 
   En agosto de 1979 Hugo Ordóñez Espinosa, tras posesionarse de Contralor General del Estado, dijo que en el Ecuador la corrupción es tan grande que no se necesitaba poner el dedo para que salpicara pus, pues esta sustancia fluía por sí sola. 
 
   En 1944, Ángel Felicísimo Rojas, nombrado Contralor a raíz de la Revolución de Mayo, había dicho esa misma frase, repitiéndola de la que había pronunciado antes el peruano José Manuel González Prada (1844-1918) sobre una gran verdad de su país y de muchos otros del mundo.
 
   En 38 años desde que el Contralor Ordóñez asumiera la función, el Ecuador no solo que no ha logrado erradicar la corrupción, sino que ésta habría contaminado a la misma Contraloría, cuyo titular, Carlos Pólit, implicado en actuaciones bajo sospecha, ha sido llamado por la Asamblea Nacional a juicio político que acabaría en destitución, a pesar de que ha abandonado el país. 
 
   Ordóñez Espinosa, primer Contralor de la época democrática que advino tras casi una década de dictaduras y Carlos Pólit, el último, con diez años en el cargo, son los extremos que van de la pulcritud a la presunción de deshonestidad en el ejercicio de esa responsabilidad pública. Hubo, hay que reconocerlo, Contralores intermedios que honraron la función que desempeñaron. Entre ellos otro cuencano: Alfredo Corral Borrero.
 
   El 11 de agosto de 1980 el Contralor Ordóñez entregó el informe de su primer año de gestión al Presidente Jaime Roldós Aguilera, a la Cámara Nacional de Representantes por medio de su Presidente, Raúl Baca Carbo y, a la Corte Suprema de Justicia, a través de su Presidente, Armando Pareja Andrade.   
 
   En la introducción del histórico documento se refiere al deficiente control administrativo y financiero en la década de dictaduras precedentes, el esfuerzo para mejorarlo y los proyectos hacia el futuro. Además, permite constatar hoy que la modernización de procedimientos y tecnologías no había erradicado la corrupción en las altas esferas de las responsabilidades públicas.
 
El Contralor Ordóñez Espinoza con sus más cercanos colaboradores: Alberto Crespo Encalada, Secretario General, ya fallecido; Patricio Carrillo Dávila, Sub Contralor; y, Alejandro Peralta, Director de Recursos Humanos.

   Cuando el tema de la corrupción se ha reactivado en estos días, es oportuno evocar frases textuales de aquel documento  de Hugo Ordóñez, que no ha perdido actualidad y acaso podría tener vigencia quién sabe por cuánto tiempo más en el futuro.

 

Hugo Ordóñez con Sixto Durán, al que hizo la presentación de un libro cuando dejó la Presidencia. En la otra foto aparece al inicio de su gestión, con el Presidente Jaime Roldós Aguilera y el Vicepresidente Osvaldo Hurtado Larrea.
   “… El largo y oscuro paréntesis dictatorial que el Ecuador padeció entre 1970 y 1979, fue simultáneo con la iniciación y desarrollo del período petrolero, que produjo súbitos y hondos cambios en la vida económica y social del país, y a la vez erosionó profundamente la moral pública. Esta erosión, sumada al sustancial debilitamiento del control, determinó un auge tal vez nunca antes visto de la corrupción administrativa, con gravísimo perjuicio al buen uso y manejo de los recursos públicos, y el daño consiguiente a los legítimos derechos y aspiraciones del pueblo ecuatoriano… La descomposición se extendió a instituciones y sectores sociales a los que se pensó que jamás podría llegar; se universalizó y se ahondó; fue desde las pequeñas indelicadezas hasta los grandes atracos…”
 
   “Dentro de la gravísima crisis moral producida por la dictadura y el petrolerismo, los valores éticos parecían haberse extinguido. Y el proceso se desarrolló dentro del cuadro de una profunda indiferencia ciudadana… En este ambiente de anestesia moral y cívica, florecieron el hedonismo, el oportunismo, el afán de la ganancia fácil y el lucro desmedido, la voracidad económica, y el cinismo que predica que la vida del hombre no tiene más fin que el del enriquecimiento, y que por lo tanto hay que enriquecerse por cualquier medio, aunque sea honradamente, y mientras más rápido mejor”.
 
   “El país ve que se descubren irregularidades, se identifican delitos contra los recursos públicos, e incluso se señala a los responsables; pero no tarda en comprobar que estos, y mientras más poderosos son con mayor frecuencia pasean su impunidad por calles y plazas del país, o se encuentran en el exterior en el cómodo y tranquilo goce de riquezas usurpadas al magro patrimonio del pueblo ecuatoriano. Y así, en muchos casos, la acción de la Contraloría General del Estado, lejos de servir eficazmente para enderezar procedimientos, castigar a los culpables de atentados contra los dineros públicos, y fortalecer la estructura ética del país, se trastrueca en fuente –nunca pensada y jamás querida- de hondas decepciones y desalientos del pueblo ecuatoriano, que se hunde cada vez más en el escepticismo y cree cada vez menos en la acción de la Justicia”.
 
   “Constituye un factor adverso a la acción de la Contraloría la ausencia de un espíritu público vigilante… En lugar de ese espíritu, lo que predomina es más bien la indiferencia, el alzarse de hombros, como si la corrupción administrativa fuese ya un mal sin remedio, con el cual hay que resignarse a convivir. Peor todavía, mientras nadie excusa y todos condenan al campesino que hurta mieses en la sementera vecina, o al raterillo de mercado, muchos son los que tributan su amistad, sus consideraciones, y a veces hasta su admiración, al que acumula millones en el contrabando, en la evasión tributaria, en el negociado con los fondos públicos, en el tráfico financiero internacional con el nombre y los caudales del Estado, en el saqueo de las arcas fiscales. Tal situación síntoma es, y muy grave, del abatimiento de la conciencia moral de que padece la República”.
 

La otra Cara...

Carlos Pólit ejerció por una década las funciones de Contralor del Estado. Es uno de los personajes hoy involucrados en el tema de la corrupción y se encuentra en los Estados Unidos, desde donde envió su renuncia. La Asamblea Nacional le ha sometido a juicio político. Qué cosas…
   “…Hay que tomar en cuenta que los coimeros, los defraudadores, los desfalcadores, los atracadores de recursos públicos, en fin, cuentan con medios de defensa que son tanto más poderosos cuanto mayor es el volumen de sus fechorías. Dentro de esos medios no suele faltar la solidaridad que los interesados saben despertar y promover en organizaciones clasistas, en instituciones públicas y privadas, en círculos económicos y grupos políticos. A veces esa solidaridad está movida nada más que por la generosidad ingenua; en otras por la ligereza irresponsable; pero en otras lo está por la defensa de oscuros intereses comunes…”
 
   “Me place señalar, en honor a la verdad, que ninguna Función, órgano o dependencia estatal ha tratado de influir en la conducta o en las decisiones de la Contraloría General del Estado, cuya autonomía ha sido, pues, irrestrictamente respetada por todos. Y es oportuno que exprese la plena confianza que tengo de que igual conducta seguirá siendo observada en el futuro, lo cual es requisito indispensable para que el órgano de Control continúe cumpliendo normalmente su misión”.
 
   “Si ha habido errores en mi gestión, y tiene que haberlos habido porque el error es inevitable compañero de la acción humana, se habrán debido a todo, incluso a exceso de celo en el cumplimiento de mis obligaciones, pero jamás a falta de él”, expresaba finalmente el correcto funcionario de Control, en su informe del primer año de gestión, hace 38 años. ¡Qué contraste con lo que podría decir hoy el directivo del organismo, autoexiliado o prófugo, cuya gestión de experimentados diez años está bajo sospecha de excrecencias de pus, como en los peores tiempos del pasado!
 
 
 
 

La corrupción dolarizada y globalizada

 

En septiembre de 2004 AVANCE invitó al doctor Hugo Ordóñez a que escribiera un artículo sobre el tema de la corrupción, en su calidad de ex Contralor del Estado. Lo que dijo entonces –quizá la última vez que escribió un artículo de prensa-, tiene actualidad hoy y sus opiniones son cátedra de integridad moral que puede dar luz a las generaciones de hoy y mañana, sustentada en sus propias experiencias de honestidad en el servicio público. Transcribimos unos párrafos:
 
   “…En este tiempo de globalización y dolarización, también la corrupción está globalizada y dolarizada. Hablo de la corrupción en todas sus formas, por tanto no sólo de la que consiste en el atraco de los fondos públicos, sino también de la que está constituida por la mentira y el engaño en el ejercicio del poder, por el manejo fraudulento de la Constitución y las leyes en beneficio de las oligarquías, tanto de las de vieja data, como de las de la nueva generación: de las oligarquías nepóticas y tribales que hoy tenemos. Hablo también, en consecuencia, de la corrupción que se da en estos mismos días de la campaña electoral, en la cual se ve como, contra toda ley, contra toda moral y contra toda decencia, los que mandan en lo nacional y en lo seccional participan abierta, pública y descaradamente en el proceso electoral. Hablo, pues, de esa corrupción masiva que nos ha enseñado a coexistir, a convivir, a connaturalizarnos con ella, por lo cual ya no nos sorprende ni indigna, ni menos enciende en nosotros la llama de la protesta y la rebeldía. En esto va culminando el proceso de hundimiento y descomposición institucional del Ecuador de los últimos años.
 
    “…¿Qué ha ocurrido, entonces, con el control estatal en estos tiempos? Parece que la respuesta está en la vieja comparación que se ha hecho entre el ascensor y la escalera: mientras la corrupción ha subido por el ascensor, el control ha subido por la escalera, y ha quedado por tanto rezagado. ¿Deberemos conformarnos con ello? ¿Deberemos decir que la lucha contra la corrupción es en el Ecuador una lucha perdida de antemano y que por tanto es insensato emprenderla, que lo cuerdo es olvidarse del asunto, y más cuerdo aún es, si se puede, lucrar a su amparo?… No, de ninguna manera y por ningún concepto. El primero y supremo deber que hoy tiene cada ecuatoriano, como persona y como ciudadano, es el de pelear donde pueda y como puede para detener el ascensor y subir a trancos la escalera antes de que el lodazal moral en que viene convirtiéndose la República sepulte a todos”.
 

 

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