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El clima está loco y Ecuador no está libre de riesgos

El exceso de lluvias provoca deslaves que afectan especialmente al sistema vial.
La actual persistencia de lluvias es atípica en la zona andina, pero sus efectos destructivos se los mira con la indiferencia típica de ver llover. En Agosto podría ser lo peor, por una masa de agua caliente de 31 grados de millones de kilómetros cuadrados del Océano Pacífico, originada en erupciones volcánicas submarinas, que llegaría a la costa del Perú 
 
   El científico peruano residente en Estados Unidos, Jorge Manrique Prieto, advirtió la inminencia de los efectos desastrosos que traería la alta temperatura del mar, provocando lluvias que ya se han sentido desde abril, por la presencia de una primera avanzada, pequeña, de la masa de agua, a la que seguirá en agosto una muy grande, como un “súper monstruo”.  
 
   Mayo fue de lluvias copiosas que se las considera irregulares en similares meses históricos de anteriores, en todo el país. También ha sido insólito que a las intensas precipitaciones se hayan intercalado días esplendorosos de intenso sol y  noches sumamente frías. 
 
El científico peruano Jorge Manrique Prieto, con mapas a la mano, explica las razones de la alteración climática por el calentamiento de las aguas del Océano Pacífico.
   Manrique Prieto predijo, en enero pasado, la aproximación de un volumen de aguas con temperaturas de 27 grados, hacia las costas del Perú, cuya evaporación causó el fenómeno que se lo llamó El Niño Costero. Lo que se viene podría ser de una gravedad sumamente mayor, de imprevisibles consecuencias. La advertencia ha sido rebatida por algunos especialistas y por entes públicos ecuatorianos, pero quizá no debería descartarse.
 
   El Programa de Manejo del Agua y del Suelo, PROMAS, de la Universidad de Cuenca, monitorea constantemente el clima y la pluviometría de las cuencas hídricas de los ríos Chanchán, Cañar, Paute y Jubones, en la región austral del Ecuador. Su titular, Felipe Cisneros, confirma que las lluvias de los últimos meses superan las estadísticas de años atrás, sin que se pueda saber el origen de la anormalidad, que acaso se daba al calentamiento global o a una anticipación del fenómeno del Niño, en diciembre.
 
   La Red Hidrometeorológica del PROMAS tiene 120 estaciones de monitoreo que cubren la región austral del país. Las cifras sobre las precipitaciones prueban que en los primeros cinco meses de 2017 las lluvias han sido mayores que en similares períodos anteriores.
 
   En efecto, en la estación de Chilchil, en Baños, cantón Cuenca, en marzo las lluvias llegaron a 327.2 milímetros; en abril a  218.2 milímetros y, en mayo, a 153 milímetros. El año anterior más lluvioso fue 2008, con 365.2, 244.4 y 97.6 milímetros en los mismos meses, pero el total de los cinco meses de 2017  llega ya a 1208.6 milímetros, equivalentes al promedio anual de los últimos nueve años, cuando faltan cinco meses para terminar este año.
 
   En la estación de Joyagshi (provincia de Chimborazo), en marzo y abril de 2017 las precipitaciones fueron de 329 y 313 milímetros, las mayores registradas desde 2005, cuando en los mismos meses fueron de 293 y 152 milímetros, pero el promedio de enero a mayo de 2017 se equipara al promedio de enero a diciembre de los últimos doce años.
 
   En la estación de la Universidad de Cuenca, las precipitaciones registradas en 2017 determinan que marzo, con 186 milímetros, fue el más lluvioso en el mismo mes desde  2005 (128.2 mm), mientras en abril y mayo las cifras se han encontrado en rangos normales.
 
   Las consecuencias del irregular comportamiento del clima se han visto en deslaves en varias partes del país como consecuencia de las lluvias, con daños en el sistema vial, accidentes de tránsito y crecidas de los ríos que también han provocado daños y muertes. Las recientes caídas de piedras en la zona de La Josefina, entre El Descanso y Chicticay, son una muestra y una advertencia de riesgos inminentes.
 
   Según el Director del PROMAS, el país no está preparado para afrontar eventos hidrológicos de magnitudes mayores a las de las estadísticas conocidas, como sería el alza de la temperatura del mar Pacífico a 31 grados centígrados, como anuncia el científico peruano. Ni siquiera los cinturones de vegetación podrían detener los derrumbes de las montañas.
 
   Citando a estudiosos de la materia, Cisneros grafica el riesgo: si alguien maneja un carro a 80 kilómetros por hora y sufre un choque, el cinturón de seguridad podría salvarle. Pero si lo hace a 200 kilómetros por hora, no hay un cinturón que le salve. El Ecuador no está preparado para encarar un comportamiento del clima que supere las modestas previsiones existentes y cuanto se hace en gestión de riesgos es insuficiente.
 
   Hasta se dan casos de obras públicas y privadas que se las construye en terrenos con vocación de deslizamiento, como ocurre en varias áreas con palpables fallas geológicas cercanas a Cuenca donde se han levantado urbanizaciones sobre rellenos de quebradas que pueden reactivarse en determinadas circunstancias climáticas.
 
   Felipe Cisneros Espinosa considera que las advertencias divulgadas por el peruano Jorge Manrique no deberían ser desentendidas por el gobierno de su país ni de los países vecinos, pues el fenómeno, de producirse, no respetará las fronteras territoriales y el Ecuador sería una de las víctimas. Más aún, si el anunciado evento climático coincidiera con el Invierno, propio del mes de diciembre.   Según Manrique Prieto, experto en sensoramiento remoto satelital, el fenómeno que previene “se trata de masas de agua caliente de 31 grados de temperatura, descritas por los científicos de los EE.UU. como un pico termodinámico anormal, que dará lugar a la generación de vapor de agua desde el océano Pacífico hasta cuatro veces más de lo normal y a precipitaciones en la costa continental del Pacífico, de efectos mayores al causado actualmente por la masa de agua caliente de 27 grados que hemos denominado Niño Costero”. 
 
   Por su parte los científicos K. Takahashi y A.G. Martínez, dice el Director del PROMAS, tras analizar el fenómeno del Niño Costero y sus graves consecuencias en 1925 y los eventos de 1982–83 y 1997–98, concluyen que aunque estos fenómenos no son muy predecibles, algunos estudios dan cuenta de la similitud de aquel de 1925 con los parámetros presentados en el año actual, de lluvias intensas anómalas para la temporada.
 
   Consecuentemente y dadas estas alertas las alteraciones climáticas manifiestas deberían ser motivo de preocupación nacional por los efectos que advendrían si no se adoptan con oportunidad medidas para aminorar los probables riesgos.
 

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