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La Sociedad del Despilfarro

Instituciones como la familia y la comunidad han entrado en un proceso de decadencia o han perdido cohesión; los comportamientos antisociales  se multiplican; la desocupación tiende a dejar de ser un fenómeno cíclico para volverse estructural
 
Dudo de que para muchos individuos el consumo de bienes y servicios sea la principal fuente de felicidad, o de que la única manera de ser dichoso sea consumir siempre más. Resulta sorprendente, pues, que esta idea haya llegado a ejercer en las políticas públicas una influencia tan poderosa que pueda determinar el funcionamiento e incluso el destino de las sociedades.
 
   Vivimos, por donde quiera que se la mire, en una sociedad del despilfarro, tema que para los economistas y políticos significa una forma de crecimiento económico. Adam Smith, al que suele considerarse el padre de la economía, escribía: “La producción tiene como único fin el consumo”. La economía invadió así el dominio público y se fijó una meta exclusiva: el aumento del consumo – como sinónimo de bienestar – convirtiéndolo en motor de las sociedades modernas bajo el apelativo de “sociedades de consumo” que se da a las corporaciones industriales en reconocimiento implícito de esta primacía absoluta de lo económico que no es posible negar.
 
   Pero la medalla tiene un reverso. Este aumento considerable del consumo, sumado al crecimiento demográfico y a la utilización masiva de materias primas y de energía, hace que la presión que ejercemos sobre el medio ambiente sea más intensa y descontrolada que nunca.
 
   Hay además otros inconvenientes, que resulta difícil cuantificar, pero cuyos efectos nefastos se hacen sentir en medio de un profundo malestar social. Instituciones como la familia y la comunidad han entrado en un proceso de decadencia o han perdido cohesión; los comportamientos antisociales (criminalidad, vandalismo, consumo de drogas) se multiplican; la desocupación tiende a dejar de ser un fenómeno cíclico para volverse estructural, amenazando así a categorías sociales hasta ahora a salvo de este flagelo; por último, el paralelo cada vez más frecuente entre éxito social y riqueza personal desgasta valores sociales como la confianza, la integridad y el interés común que a la postre amenazan la viabilidad del proceso de crecimiento económico en países industrializados y en desarrollo.
 
   En nombre del crecimiento económico y el afán desenfrenado de lucro, se ha dejado de lado otras fuentes de felicidad a las que conferir en mayor beneficio social y que podrían contar con el apoyo de políticas estatales. Esa nueva fuente de felicidad – una familia unida, un entorno comunitario protector, un trabajo satisfactorio, buena salud, el sentimiento de ser útil a la sociedad, un medio ambiente bello y saludable, una sociedad abierta y democrática – parecen tan evidentes que resulta difícil imaginar cómo hemos podido abandonar e incluso comprometer su plena vigencia, en nombre del despilfarro y el crecimiento económico desigual.
 
   Y para afianzar este ideal solidario se hace menester incorporar en todo su significado esa palabra tan extraña y olvidada en estos tiempos de desenfreno: la frugalidad como sinónimo de liberación, pues abre la posibilidad de sustituir el consumismo por una búsqueda de valores generadores de plenitud. La frugalidad es una opción moral y política que rompe con las normas establecidas, que exige, ciertamente, la moderación en el consumo y la sencillez en el estilo de vida, no por sacrificio o abnegación, sino porque esa actitud permite interesarse por otras dimensiones de la existencia más satisfactorias para el hombre.
 
   La frugalidad nada tiene que ver con la avaricia y la previsión. Si ser frugal consiste en saber tomar decisiones razonables en materia de consumo y de modo de vida, esas decisiones, qué duda cabe, no pueden ser impuestas. Sólo hay una frugalidad libremente deseada y aceptada. Seguir esa vía, representa, para los más exigentes, una postura ética e incluso política.
 
   Sólo una toma de conciencia de la sociedad, que no parece manifestarse hoy en día, podría abrir el camino a los valores de la frugalidad e integrarse en las sociedades capitalistas industriales.

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