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El sortilegio de la encuestas

A diferencia de antaño, que los adivinos eran castigados si fallaban en sus profecías, los vaticinadores científicos de ahora solamente reciben la reducción en la credibilidad de sus mediciones, pero igual cobran los emolumentos pactados…

En la actualidad, las encuestas reemplazan en cierta forma a los adivinos y arúspices de las épocas antiguas, cuando generales y reyes buscaban el consejo en las entrañas de animales o en los astros, para saber si los dioses les eran o no favorables en sus empresas. Hoy, los sondeos y las encuestas de opinión pretenden arrancar los secretos de la divinidad política y económica máxima, es decir lo que se llamaba pueblo y ahora los ciudadanos, o electores si se trata de una campaña eleccionaria.
 
   A diferencia de antaño, que los adivinos eran castigados si fallaban en sus profecías, los vaticinadores científicos de ahora solamente reciben la reducción en la credibilidad de sus mediciones, pero igual cobran los emolumentos pactados, si se los ha contratado precisamente para saber lo que está oculto, esto es el arcano de las preferencias populares. La ciencia de la medición de opiniones, gustos y pareceres no es ni puede ser exacta, por la simple y elemental razón de que el ser humano no es lógico y vive al compás de emociones del momento, antojos y caprichos. Así, los sondeos de opinión tendrán por fuerza márgenes, a veces mayúsculos, de error, porque la opinión pública suele ser veleidosa como una ráfaga de viento veraniego.
 
   Por esta razón, hace poco varias encuestas sobre las preferencias del electorado ante los binomios para la presidencia y vicepresidencia de la república, mostraron diferencias abismales, como si los sondeos se hubiesen hecho en países distintos y con candidatos diferentes. Las explicaciones no se hicieron esperar, que las metodologías, que los universos de las encuestas, etc. pero lo cierto es que la opinión pública, entelequia a la cual van dirigidas las encuestas, se rió a mandíbula batiente ante tan evidentes diferencias que ponían a un binomio en un significativo sitial, mientras en otra ese mismo binomio bajaba a niveles casi de ridículo. En lo único que las varias encuestas coinciden fue en lo obvio: que el binomio Lenin Moreno-Jorge Glas seguía primero en las intenciones de voto.
 
   Últimamente, las mediciones científicas de las encuestas han sufrido severos golpes para su credibilidad. La favorita en los sondeos de las pasadas elecciones norteamericanas, Hilary Clinton, no triunfó a pesar de que los votos para ella fueron mayores que los depositados a favor del magnate Trump, en tanto en otras latitudes también las encuestas sufrían el desmentido de la realidad a la hora de las elecciones. ¿Significa esto que se debería desechar las encuestas y dejar a las empresas encuestadoras morir de inanición por falta de contratos? De ninguna manera, siempre los sondeos y encuestas serán herramientas utilísimas, imprescindibles, solo que estas no deben convertirse en parte esencial de una campaña, porque no solamente por encuestas se puede inflar a una candidatura o desmerecer a otra. Además, los electores son volubles a la hora de contestar a una encuesta. Así de simple. Bien pueden estar pensando en otro candidato mientras dicen que votarán por otro.
 

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