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El niño inmolado en un ritual funerario en un cerro chileno

Ataviado con una camisa sobre la que va una manta tipo poncho, mocasines y un penacho de plumas, se le da a beber un brebaje que lo duerme profundamente y vivo aún es depositado en el fondo de la pirca y dejado allí, donde ya no despierta de su sueño y muere a los ocho años de edad

  El Museo Nacional de Historia Natural de Chile conserva el cuerpo de un niño. Una réplica lo reproduce como fue encontrado en el Cerro El Plomo. Está sentado con las piernas dobladas contra el pecho, los brazos descansan sobre las rodillas, y la cabeza sobre el brazo derecho. El museo indica escuetamente que en febrero de 1954, tres hombres subieron al cerro en busca de un tesoro. Se trataba de Guillermo Chacón, buscador de minas y tesoros, su amigo Luis Gerardo Ríos y su sobrino Jaime Ríos. Una leyenda popular aseveraba que en la cima de El Plomo se encontraba un tesoro.

   Los hombres no van ataviados como debe ser para subir a un monte nevado. Disponen sólo de pan, queso, y carne deshidratada con sal. Cuando llegan a 5.400 metros de altura, divisan un montículo de piedras. Al removerlas, encuentran dos camélidos y otros objetos que eran parte de la ofrenda funeraria con que fue enterrado el niño. A éste, lo extraen sin dificultad y deciden bajar con el mismo. En el museo se aprende que los órganos y huesos del niño están intactos, por lo que se sabe que su muerte no fue violenta.

  Precisamente, la escueta información del museo es la razón para averiguar más. Un hallazgo de tanta importancia debe contar con un informe forense y antropológico completo. Gracias a la información digital, se aprende más afuera del museo que adentro del mismo. Para conocer la historia del niño, remontémonos al año 1.500 como fecha aproximada. Algo malo pasa en el Imperio Inca: una epidemia, una sequía, una plaga en los sembríos, quizá había muerto un miembro de la realeza. Cuando las cosas iban mal, era hora de hacer una ofrenda a la Madre Tierra a través de un ritual llamado ‘Capacocha’, traducido como ‘obligación real’. Su fin es apelar a los dioses para que restablezcan el orden cósmico. La ofrenda consiste en niños.

   Así pues, el chasqui llega donde la familia del niño hallado en El Plomo con la noticia de que éste ha sido escogido. El niño, junto con una comitiva enviada por el Inca, viaja miles de kilómetros. Se cree que pudo haber salido desde los territorios que hoy son Bolivia o Perú. Cuentan los cronistas españoles que, para asegurar la supervivencia de los niños en tan ardua marcha, la madre acompañaba a la comitiva.

   El niño y la comitiva atraviesan el desierto de Atacama, zona ya suficientemente dura. Al llegar a la zona donde hoy se asienta la Plaza de Armas de Santiago, hay una celebración por demás vistosa. Luego, la comitiva emprende la subida al cerro El Plomo. El consumo de hoja de coca y otras provisiones ayudan en el ascenso. El destino final está a 5.400 metros de altura. Allí, se prepara una ‘pirca’, que era un muro de poca altura usado para varios propósitos, incluido el de depositar las ofrendas del ritual Capacocha. El niño es ataviado con una camisa sobre la que va una manta tipo poncho, unos mocasines, y un penacho de plumas. A continuación, se le da a beber al niño un brebaje que lo duerme profundamente. Vivo aún, es depositado en el fondo de la pirca y dejado allí, donde ya no despierta de su sueño y muere a causa de hipotermia cuando contaba con ocho años de edad.

   Volvamos al hallazgo. Luego de dar noticia y de varias negociaciones, el Museo de Historia Natural adquirió el niño y los objetos funerarios por la suma de 45.000 pesos, que hoy representan unos 72 dólares. Un antropólogo experto en la cultura Inca asevera en un documental para National Geographic, que la política del Museo en Santiago se orienta a respetar la herencia Incaica, de modo que quizá la escueta información tiene como objetivo evitar que haya críticas negativas sobre el ritual, relatado de manera despectiva por los cronistas españoles, paradójicamente argumentando en pro del respeto a la vida.

   El niño impresiona por la pasividad de su sueño, evidente en la expresión de descanso en su rostro. Esto le hace diferente de hallazgos similares en que el rostro no denota paz necesariamente. Por supuesto, conmueve la corta edad y el duro ritual que le llevó a morir. Dicen los expertos en cultura Inca que no debe hablarse de sacrificio porque no hay muerte violenta. Pero ni los cronistas españoles supieron cómo recibía la familia de los niños la noticia del ritual. Podemos pensar en un gran dolor que supera a las tradiciones culturales, pues sobre éstas prevalecen los lazos familiares como esencia del mundo afectivo de toda persona.

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