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Los cercanos cumplimientos de una profecía

Si se respira en esta columna un aire inusual de desencanto, es porque la reflexión proviene del mal hábito de registrar deslices idiomáticos, en informaciones y entrevistas difundidas estos días cruciales por la  televisión, descuidos en que decae el talento humano de la joven generación que ha accedido a la escena pública con la 
cabeza llena de laureles académicos
 
  Cada vez que explote la energía acumulada en las entrañas de la naturaleza, ha de confortarnos la idea de que el Ecuador no desaparecerá por los terremotos, sino por los malos gobiernos. Esta consolación se atribuía a la primera santa nacida en el territorio sobre el cual, doscientos doce años después, se fundó la República. 
   Con sobra de razones, hay quienes consideran falsa la atribución del vaticinio a Santa Marianita de Jesús; primero, porque la dureza de la frase está reñida con la angelical dulzura de la Azucena de Quito; segundo, porque en el siglo XVII, en cuya primera mitad vivió su breve vida, nuestro país no existía.
Pero hay otro argumento convincente para impugnar aquella atribución. Y es que admitirla significaría dudar del don profético de una joven excepcional que consiguió aplacar la cólera divina ofreciendo su vida a cambio de que cesaran los temblores que sacudían a la capital de la Real Audiencia. Si es verdad que acertó en predecir el día de su propia muerte, mal podía desacertar la santa quiteña -hasta ahora parecería haber fallado- en el pronóstico de nuestra extinción por los malos gobiernos, salvo que el honor le quepa al régimen que acaba de estrenarse.
   Tal como se miran los acontecimientos, no cabe duda de que, al margen de la autoría, la predicción pende como espada de Damocles sobre los ecuatorianos. Efectivamente, menudean los indicios de que nos aproximamos al desastre. Aunque carezca de intención comunicativa, se sabe que el indicio es señal de que acontece algo extraño alrededor, como cuando el caminante ve de pronto un hilo de sangre en las baldosas o una densa humareda. Indicio de descomposición es en este sentido el manejo fraudulento de recursos nacionales, tema sobre el cual se tiende un manto de invisibilidad urdido con palabras.
   Por otro lado, si se respira en esta columna un aire inusual de desencanto, es porque la reflexión proviene del mal hábito de registrar deslices idiomáticos, esta vez en informaciones y entrevistas difundidas estos días cruciales por la televisión, descuidos en que decae el talento humano de la joven generación que ha accedido a la escena pública con la cabeza llena de laureles académicos. ¿No es otro indicio preocupante de la ofuscación que acompaña a los desastres sociales? Como señaló con lucidez don Antonio de Nebrija hace más de quinientos años: “…siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caída…”. Si el pensamiento es aplicable al pequeño imperio que habitamos, el deterioro del lenguaje no es premonición sino advertencia.
   Pruebas al canto, se pedirán. Se trata por ahora del empleo defectuoso del verbo impersonal haber. Despojado de sentido, desempeña únicamente la función de verbo auxiliar en los tiempos compuestos. Quede a mejor criterio la opinión acerca de ciertos vocablos que aquí se recogen para entretenimiento de los escolares: aperturar, producir (por ocasionar), femicidio (por feminicidio), pedir disculpas (por ofrecer), le propiciaron cinco disparos (por propinaron), coíma (por coima), muérasen de envidia (por muéranse), apreta (por aprieta), pelié (por peleé), forzan (por fuerzan), impunidad (por inmunidad); preveyeron (por previeron), y expresiones de este tenor: “es por eso que pienso de que”, “pasos a seguir”, “estamos seguros que”, “se denunció supuestas irregularidades”, “un terreno que se está convertiendo”, “se retiró las pensiones”, “paquetes conteniendo droga”, “logrando de que se acepte la norma constitucional”, y un sinfín de errores que cometen en el espacio público partidarios y opositores del gobierno, generalmente investidos de títulos universitarios del más alto nivel.
   Pero ateniéndonos al descuido gramatical en el verbo haber, las limitaciones de espacio solo facultan ofrecer una muestra que se deja a disposición de los futuros bachilleres para sus prácticas de corrección idiomática: “Habemos funcionarios con manos limpias”, “esto ha permitido que hayan detenciones”, “han habido muchísimos avances”, “no pueden haber casos separados”, “hubieron varias firmas”, “en nuestro bloque han habido diferentes posiciones”, “se dice que habrán más cambios”, “antes no habían médicos, no habían carreteras”.
   ¿Cómo mejorar el uso del lenguaje para ver si se aplaza el cumplimiento de la profecía atribuida a la Azucena de Quito? En unos casos, hará falta la acción del sistema educativo; en otros, la aplicación del celo punitivo del Superintendente del ramo.
 

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