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Relatividad de los premios, de los premiadores y de los premiados

Si usted – en forma más o menos merecida y legítima recibe un premio
-- alégrese, agradezca y disfrute. Y, si no lo recibe, no se preocupe… En el fondo, puede haberse perdido poco; o, talvez, literalmente, -- como diría cualquier persona de a pie -- no ha pasado nada

Hace poco, Liu Xiao Bo – premio Nobel de la Paz -- terminó su vida; rodeado de la desconfianza y la hostilidad de los políticos de su país, la China. Un caso patético. Y, hace unos años, su mismo país creó un premio equivalente al dicho; y se lo adjudicó, en primer lugar, nada menos que, a Vladimir Putin. (Para caerse de espalda; merecería, en verdad, un volador ¡PLOP! de Condorito.) Esas tamañas paradojas de la vida… ¿Y qué cabe hacer ante ellas? En la práctica, casi nada. Así es el mundo… Pero, en la teoría, sí podemos, en todo caso, ordenar nuestras ideas del asunto. Y, para ello, deberemos, en primer lugar, preguntarnos: ¿Cuál es la utilidad y el valor real de los premios? (Esto no es tan obvio como parece; alguien dijo que, de hecho, las cosas nunca son obvias…) Veámoslo, pues; quizás algo traerá la interrogación… Y – siguiendo – precisemos que hay premios, premiadores y premiados. Tratémolos, en ese orden.

¿Qué es un premio? Convengamos – definiendo el término – que es un honor o distinción; que, ciertas personas o entidades, otorgan a alguien o a algunos; como recompensa a una labor considerada como notable o meritoria. Concretemos. Por lo tanto, un premio puede ser, sencillamente, nada más que un diploma escolar o una medalla. O – en forma mucho más sustancial – ese mismo cartón, acompañado de la interesante suma de unos novecientos mil de dólares. (El Premio Nobel.) Es decir, el honor y la lotería; juntos y mutuamente bien acompañados. Y, en el medio, por supuesto, quedarán todos los premios que conceden los municipios, las universidades, las oenegés… (Las justificadas distinciones que las entidades medianas entregan a las hábiles o empeñosas medianías humanas. Póngale usted, a estos casos, los nombres que correspondan.) Para contraponer: Hay, en el ancho mundo, los llamados antipremios. Dos ejemplos. El Antioscar; que los joliudenses informales disciernen a la peor película norteamericana del año. Y el Premio Atila; que unos burlones arquitectos latinoamericanos otorgaban, cada año, a las edificaciones más feas o extravagantes de la región. Consecuencia: Los antipremios – siendo, como son, censuras acres y fuertes -- dejan ya de ser premios; y resultan, al contrario, castigos, más o menos merecidos…

Y, ahora, los premiadores. Estos debieran ser – se supone – lo bastante distinguidos, serios e idóneos. Pero ocurre que, con cierta frecuencia, no lo son, precisamente… Casos, casos. Ahí van. (1) Las Naciones Unidas. Éstas, en realidad, no conceden premios. Pero si otorgan – a través de su agencia especializada, la UNESCO – una conocida distinción: los patrimonios mundiales. Ya hemos hablado de ellos. Y las numerosas concesiones no han sido ni tan bien fundamentadas, ni tan derechas como debieran ser. Una grande tela para cortar. (2) Los, una vez más, dichos premios Nobel. Hay, en este caso, una opinión amplia y favorable acerca de las distinciones científicas. (Las universidades de los ganadores suelen ubicarse entre las mejores del mundo, en el respectivo escalafón.) Pero, ocurre lo contrario, con los premios de la Literatura y de la Paz. Las dudas, sobre el acierto de estos, ya no sólo son esperables; han llegado a ser casi seguras. Discusiones y críticas anuales… Se suele decir que, en lo literario, – por una mal entendida corrección política – se procede con un simple y mero criterio geográfico. (Algo como: Hace años que no le premiamos a Rusia o a la América Latina…) Más aún: Los académicos – se observa -- hacen equilibrios entre la izquierda y la derecha. (Con una cierta, y algo manifiesta, condescendencia para la primera… Vargas Llosa, bueno, sí, se lo damos…; pero ese Borges lo perderá, por visitar a Pinochet…) Y con el premio de la Paz, el asunto pinta peor todavía. Se observa, irónicamente, que -- para ganarlo – se debe, en primer lugar, hacer una guerra; y, luego, detenerla… (De paso, un detalle curioso: En las deliberaciones de dicha concesión está permitido tomar whisky… ¿Qué tal?) Y, muy aparte de lo anterior, es sabido que, en todos los lugares, hay premios que se cabildean; es decir, -- con una expresión muy ecuatoriana – se palanquean. (Nos acordamos, aquí, de nuestro director; cuando le dieron, a esta revista, un premio municipal: Muchas gracias – escribió. Y lo agradezco doblemente, porque nosotros no lo hemos palanqueado.)

¿Cree usted que Rafael Correa merece los
catorce títulos honoríficos en Economía; que ciertas aduladoras universidades le han concedido, y que él exhibe orgullosamente?

Y, a continuación, vienen los premiados. En primer lugar, Barack Obama. Antes de que hiciera nada, – ni para bien, ni para mal – le dieron el premio Nobel de la Paz. Sorpresa en el mundo… ¡Y lo recibió! ¿No habría sido mejor que – con decencia y honradez – se excusara de recibirlo? Palabras posibles, para quedar bien: Muchas gracias, señores de la academia. Pero, -- en mi calidad de comandante en jefe de las mayores fuerzas armadas del mundo – debo, cuando sea preciso, hacer la guerra. Por lo tanto… Otro. Los admiradores del Papa Francisco lo han propuesto, igualmente, para dicho premio. El pontífice no dijo nada. (Se sabe: Quién calla, otorga.) ¿No habría quedado mejor – a estas alturas, el ya discutido y discutible jefe de la Iglesia Católica – si hubiera apelado, con habilidad, a su atribuida manera de ser franciscana? Hagamos, nosotros, aquí, la correspondiente y oficiosa suplantación: Agradezco su gesto bondadoso. Pero pido, a los académicos, recordar que los espíritus franciscanos practicamos la modestia y humildad; y realizamos un desinteresado servicio a nuestros prójimos. Por lo tanto,… En otra dirección. Hubo, en 1950, quienes propusieron a Stalin, como candidato para el Premio Nobel de la Paz. ¿Una verdadera aberración? Juzgue usted. Y – por los alrededores del asunto – cuanta gente meritoria y muy destacada no ha recibido nunca un premio. Y, al revés, cuantos mediocres multipremiados se pueden contar por ahí. Nombres. ¿Cree usted, por ejemplo, que Evo Morales merece los doctorados honoris causa de las universidades argentinas de Cuyo y de La Plata? (Lo que no implica, por supuesto, desconocer ciertas buenas cualidades políticas del líder izquierdista boliviano. Pero eso es otro asunto…) Y – teniendo en cuenta sus mediocres publicaciones y, sobre todo, su larga, autoritaria y desastrosa gestión -- ¿cree usted que Rafael Correa merece los catorce títulos honoríficos en Economía; que ciertas aduladoras universidades le han concedido, y que él exhibe tan orgullosamente?

En fin, un premio es un premio; es un premio… En un sentido contrario de aquello, tan expresivo, de que una rosa es una rosa; es una rosa… Los premios, pues, tienen el valor y la relatividad de la sola y entera imperfección humana. Y, en algunos de los peores casos, tienen sólo los sesgos y las malas cualidades de la política dura y partidaria. Hablar de vanidad de vanidades, sería una mala e hipócrita exageración. No hay que ir por ese fácil atajo. Agregado contundente: Los premios no afectan a la idiosincrasia, a la personalidad de los individuos. Son simples adornos… Entonces,… Terminemos. Si usted – en forma más o menos merecida y legítima recibe un premio -- alégrese, agradezca y disfrute. Y, si no lo recibe, no se preocupe… En el fondo, puede haberse perdido poco; o, talvez, literalmente, -- como diría cualquier persona de a pie -- no ha pasado nada.

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