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Los EE.UU. tan lejos de México, del mundo y hasta de Dios...

Lo hispano – mestizo  es anterior a lo anglosajón. San Agustín fue la primera ciudad fundada en el actual territorio de la potencia. Y todo el sur del mismo – del Atlántico al Pacífico – tiene, en mayor o menor medida, algo de lo que hoy se llama latino. Siete estados de la Unión—sin contar Puerto Rico – tienen un nombre español. Los Ángeles es, hoy día, la segunda gran área urbana, sólo detrás de Nueva York…
 
   Con cierta clarividencia, lo dijo José Mujica: Día habrá, en que vengan los chinos. Y, entonces, los latinoamericanos añoraremos a los imperialistas estadounidenses… / Bueno… De alguna manera, esto ya ha empezado a ocurrir. ¿Qué nos dice usted de esa Venezuela librada a su extraña y triste suerte? (A la cual, los chinos y los rusos usan; los Estados Unidos descuidan; y los europeos miran impotentes.) Y el suceso no llegó como se esperaba. Es decir, no llegó por el constante ascenso de los orientales; y el lento declinar de los norteamericanos. No. Llegó, sorprendentemente, porque los últimos lo quisieron; y, luego, lo buscaron de la peor manera. ¿Cómo? Pues, renunciando, a sabiendas, a una significativa parte de su poderío; y a varias de sus grandes responsabilidades internacionales. Y, así, -- Trump mediante – el País del Norte perdió el respeto del mundo. Se autodesacreditó… Lo que no pudieron lograr los grandes dictadores -- Stalin, Mao, Castro… -- lo ha logrado Putin, el demagogo; el astuto exagente de inteligencia. (Y en un momento en que Rusia – armas, petróleo y servicio secreto aparte – representa poco en el mundo.) ¡Qué tal! En su desenlace, el fenómeno fue más bien súbito. Y ridículo y trágico, a la vez… Algo casi tan sorprendente como la caída de la Unión Soviética; algo muy inusitado. Estamos, por ello, todavía, asimilando las consecuencias del proceso.
 
   Y, a propósito, recordamos y recapitulamos unos fragmentos de la historia reciente. Quienes fuimos niños en la década del cuarenta, oímos, a los mayores, hablar de la Segunda Guerra Mundial. Y – cuando comenzábamos a leer – nos encontramos, fortuitamente, con una revista que la seguía: EN GUARDIA; parte de la propaganda que hacían los Estados Unidos, durante la contienda. (Nos impresionaba por su colorido y sus excelentes fotografías.) Una página, con una flotilla de bombarderos, tenía la siguiente leyenda: “La aviación es el arma de América. Es el arma que no fallará.” Y nos parece haber visto, también, por primera vez, en ella al general MacArthur, (gafas Ray Ban, a la moda; y una de sus pipas de carozo de maíz, nuestra tusa azuaya; en la playa de Leyte, Filipinas) controlando el desembarco de sus tropas; el día en que cumplió su famosa promesa: “ Volveré”. (I shall come back; frase de un discurso que fue, realmente, pronunciado en Australia; no en la huida del archipiélago.) Y, más tarde, -- ya crecidos – leímos algo sobre el heroísmo de Normandía; los terribles bombardeos de Dresde; el avión ENOLA GAY, que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima… Terrible y casi increíble esto último. / Pero ya se veía claro: Todo se juntaba, y sumaba, para mostrar que los Estados Unidos habían llegado a ser el coloso del siglo XX, la gran superpotencia moderna.
 
   Pero, aun en el cielo de los grandes éxitos, hay, siempre, unas nubes grises. Al cabo de unos pocos años, la Unión Soviética fabricaba también sus bombas atómicas. Estalla la guerra de Corea; y, con ella, se inicia la Guerra Fría. Otra vez, MacArthur…
(A los setenta años y todavía enérgico y vigoroso.) El general pide permiso para bombardear Manchuria; y apilar restos nucleares, en la frontera, para evitar la penetración de los chinos… De otra manera,-- dice -- sobrevendrá una derrota grande y pronta… El Presidente Truman—enemistado con el militar – niega los pedidos. (Temía que la ampliación del conflicto diera lugar a la Tercera Guerra Mundial.) MacArthur es relevado. A su vuelta, Nueva York lo recibe como un héroe… Resultado de la compleja situación: Corea fue la primera guerra que los Estados Unidos no ganaron… Unos años después, se produce la sorpresa del SPUTNIK. Y la inesperada y especial Revolución Cubana…
 
   Y había también, por ahí, otras nubecillas. La película NIDO DE RATAS -- con el admirado actor Marlon Brando – muestra una bolsa de pobreza y delincuencia en pleno puerto de la Gran Manzana. (La riqueza colectiva, al cien por ciento, es imposible de conseguir…) Le sigue REBELDE SIN CAUSA, con James Dean; un filme individualista y tristón. (¿Qué estaba ocurriendo? Pues, que se había instalado ya una cierta sensación de melancolía y malestar. Algo que sintonizaba con ese extendido pesimismo europeo de la Posguerra: Sartre, Camus…) El malestar aumenta con los disturbios raciales de Watts; con el activismo estudiantil de las universidades; y, sobre todo, con el movimiento Hippie. Luego, la guerra de Vietnam termina en un patente “regreso sin gloria”. La primera franca derrota… Matizando, Estados Unidos aún tenía un as por jugar: en 1969, envía un hombre a la Luna. Lo demás es lo que ocurrió ayer y está ocurriendo hoy. A otra cosa.
 
   La gran historiografía estadounidense se ha preocupado más bien poco de la notable base hispana de su país. Y la más pequeña, latinoamericana, aún menos; por cortedad académica y un terco y necio rechazo nacionalista… Sorprende, claro. Y ,ahora, el muro de Trump abunda en el olvido o la negación de tal base, de hecho y con subida torpeza… 
 
   Veamos. Lo hispano – mestizo; incluye el gran antecedente indio americano – es anterior a lo anglosajón. San Agustín, en la Florida, fue la primera ciudad fundada en el actual territorio de la potencia. Y todo el sur del mismo – del Atlántico al Pacífico – tiene, en mayor o menor medida, algo de lo que hoy se llama latino. Siete estados de la Unión—sin contar Puerto Rico – tienen un nombre español. La megalópolis de Los Ángeles es, hoy día, la segunda gran área urbana; sólo detrás de Nueva York. Hay topónimos españoles hasta en Alaska: Córdova, Valdez.
 
   Más todavía. Efectivamente, Estados Unidos – con el español – es un país bilingüe. (Hay una academia estadounidense de la lengua española.) California – con sus simbólicos y notables Hollywood y Silicon Valley – es el más hispano, más grande y más próspero de todos los estados. De separarse de la Unión, – como se aventura a decir – sería un país de la región latina; y, nada menos, que la octava economía del mundo… Atentos: Cuando la expansiva cultura anglosajona de Nueva Inglaterra se fundió con la cultura hispana del sur, aparecieron los poderosos Estados Unidos de finales del siglo XIX. Quede claro: Si los latinos fuimos a los Estados Unidos, los anglosajones vinieron, primero, por la fuerza, a nuestros territorios. Sólo después de eso, llegó la gran inmigración europea; que consolidó y terminó la construcción del País del Norte.      El spanglish y la Carrera del Oro – empresa medio loca de gringos y latinos – resultan, pues, una especie de metáforas de la formación estadounidense. ¿Entonces, no es contra natura, querer separar aquello que una historia -- bastante dolorosa, pero, a la final, afortunada -- unió y soldó?
 
   Pero, ciertamente, el espíritu nacional de los Estados Unidos fue anglosajón. Y, el mismo se originó con los Padres Fundadores y las Trece Colonias. Y, luego, se definió de magnífica forma con la Independencia. (Parte esencial de la gran Revolución Liberal de Occidente.) Su fruto principal fue la democracia sólida y duradera; hasta fechas recientes, un modelo para el mundo. A continuación, la revolución industrial y los migrantes crearon el american dream, el mítico, extendido y esperanzador sueño americano. Y ese gran espíritu es, justo y por desgracia, el que, hoy día, se desnutre, se debilita y se afloja. ¿Cansancio del audaz pionerismo, del vigoroso liderazgo; de mantener, por un siglo, enormes responsabilidades internacionales?
 
   ¿Es eso la decadencia? Talvez… En todo caso, la gran locomotora del mundo ya no tira como ayer; ha perdido fuerza… Para darle, torcida y arbitrariamente, la razón a Porfirio Díaz, los Estados Unidos quieren alejarse de México; como si, en su desvarío, pudieran disponer de una fuerza geológica o sobrenatural… Y, en el mismo sentido, se aíslan del resto del mundo. Y, de alguna manera, también se alejan de Dios. (Olvidan aquello que hasta grabaron en sus mismas monedas: In God we trust.) Ahora, creen más que nunca en lo material; en los mondos y lirondos intereses y beneficios; en el becerro de oro. Y no quieren asumir – toda grandeza obliga – las altas responsabilidades de la ética y el poder. Y el asunto es amplio y complejo… Y Trump es, solamente, la espuma sobre las aguas profundas. Bueno… La Señora de la Libertad ha apagado su lámpara; y la ha depositado en el suelo. Ya no espera a los afligidos, a los pobres, a los desamparados… Ya no busca su esfuerzo y su aporte… El sueño americano se está acabando. Y puede, en verdad, como todo sueño, estar transformándose en una fea y mala pesadilla.
 
 
 
 

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