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El Diablo, un cuento de hace más de un siglo, tiene actualidad

El humor, el mal humor, los vicios y la política tienen permanente actualidad. Y siempre ha habido periodistas que los utilizaron como ingredientes para atraer y cautivar a los lectores. José Antonio Campos (Guayaquil 1868-1939) es uno de esos autores, olvidados, cuyos artículos eran relatos literarios con trasfondos en los que se proyectaban episodios de la vida diaria válidos en su tiempo y en el futuro. Ahora que el Ecuador ha salido de una etapa de largas penalidades y vive un período  gubernamental que empezó apaciguando  tensiones, el cuento Viva el Diablo, del autor citado, parecería premonitorio del presente. Campos escribía con el seudónimo Jack de Ripper y este trabajo apareció en la revista Ilustración, en diciembre de 1917.

Cuentan las crónicas que el Diablo fijó una vez su residencia en la ciudad de Toboso, cuando aún existía en aquel lugar  la sin par Dulcinea. Y entonces fue cuando comenzaron los robos, los asesinatos, los raptos, los adulterios y todas las travesuras que sabe sugerir don Lucifer a los hombres y a las mujeres.

El Alcalde no podía soltar la vara un momento porque su despacho estaba siempre lleno de contraventores; los agentes de Policía no descansaban un punto, porque los desórdenes estaban a la orden del día; el escribano bullía en un mar de pleitos y enredos judiciales y el cura solía desmayarse en el confesionario al escuchar los pecados de las Hijas de María.

Nunca se había visto en el Toboso semejante escándalo. Conspiraban los frailes, los obispos excomulgaban a las sociedades radicales; la prensa política se desmoralizaba; todo era provocaciones, insultos, calumnias y hasta en el Gabinete metía el Diablo la punta del rabo y formaba un chivo. Desesperado un día el Alcalde fuese a buscar al párroco y le dijo:

-Señor cura: la presencia del Diablo en este lugar es la única causa de las calamidades que nos asechan y debo confesarle que la autoridad política se encuentra incapaz para salvar la situación. Si su  reverencia no puede remediarla por medio de conjuros especiales, estamos perdidos.

El cura que, en ese momento, estaba pelando un pavo para tomar su colación antes de celebrar la misa, meditó un momento, y luego dijo:
-Tan pronto como concluya de desayunarme con esta avecita, iré a ponerme la capa de coro que requiere el caso. Mientras tanto, avise al sacristán para que me tenga listo el hisopo.

- Gracias, señor Cura!

-No hay porqué, señor Alcalde. Esto es cuestión de cuatro latines y cuatro hisopazos.

-Y cree su reverencia que el Diablo se vaya!

- Pues cómo  no se ha de ir, hombre, cuando voy a citarle el evangelio de San Lucas.

- El Gobierno sabrá recompensar generosamente a vuestra reverencia.

- Mi recompensa está arriba, exclamó el Párroco con acento beatífico, señalando instintivamente un jamón que colgaba de una viga del techo.

   El cura cumplió su palabra; pues el Diablo se aburrió al fin de oírle estropear el latín, y por no sufrir un ataque de nervios hizo la maleta y se marchó con ato y garabato.

   Qué tranquilidad tan grande comenzó a reinar desde entonces en la población!

   No se veía volar una mosca. El Alcalde se pasaba las horas más aburridas, bostezando en su sillón de baqueta. El pueblo se moría de tedio.

   Los jóvenes pasaban a lado de las muchachas bonitas, sin mirarlas siquiera; y éstas no hacían más que suspirar por San Luis Gonzaga, con permiso del Cura.

   Nadie cantaba, ni bailaba, ni enamoraba. Los periódicos sólo publicaban sermones en su sección editorial y el Año Cristiano como folletín. El ejército, por orden de sus jefes, iba sin armas a cantar en las iglesias el 

Corazón Santo
Tú reinarás
Y Tú nuestro encanto 
siempre serás!

   Mientras los agentes del orden público, puestos de hinojos ante el altar de la inmaculada, contestaban:

   ¡Oh María,
   Madre mía
   Oh consuelo 
    Del mortal!

Las cantinas se cerraron por falta de consumidores; pues nadie se animaba a beber un trago, por temor de dar mal ejemplo.

Los abogados cerraron sus despachos, el mismo día en que cesaron todas las picardías; y el escribano, bañado en lágrimas, se cortó las uñas. Las mujeres de la vida alegre se dedicaron a labrar cigarros y fundaron un establecimiento denominado: “Cigarrería de la Magdalena Arrepentida”.

Qué días tan largos, pesados y monótonos se pasaba esa gente, desde la ausencia del Diablo. Francamente, aquí ya no se puede vivir! Exclamaban algunas personas honorables, en secreto. Cuando el Cura y el Alcalde se encontraban en la calle, dirigíanse una mirada oblicua; pero pasaban sin dirigirse la palabra. Un día el primero tropezó con el segundo, al volver una esquina, y no pudo menos que decirle:

-Señor Alcalde, esto está muerto.
-Muerto está, señor Cura, replicó el Alcalde.
-No cree que convendría llamarle?
-No se puede vivir sin él.
-No se puede.

Al día siguiente, a primera hora se formó una representación, en la casa parroquial, encabezada por el Cura y el Alcalde, en la que pedían al Diablo que hiciera el favor de volver.

Volvió Lucifer, en efecto, fue recibido con entusiastas aclamaciones de ¡Viva el Diablo! ¡Viva el Diablo! Su presencia se anunció en el acto a la abatida población. Aquella misma noche se cerró para siempre la “Cigarrería Magdalena Arrepentida”. Y hubo jarana en todas partes, y bulla y bronca, jaleo y pescozones. La policía resultó más avinagrada que nunca. Varias chicas se mandaron a cambiar con sus Tenorios.
Finalmente, el Cura se pegó una chispa enorme con el vino de misa, y salió a la calle vestido con una pollera del ama, creyendo que era su sotana, gritando: ¡Viva el Diablo, hip. hip…Huurraaaaa!

No hay, pues, que lamentar los enredos políticos de actualidad, aunque esto se vuelva una merienda de negros, como se va a volver y vivamos como perros y gatos; como estamos viviendo porque hay que dejar al Diablo que haga de las suyas, ya que no se puede vivir sin él.

 

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